martes, 14 de enero de 2014
EL SER HUMANO: IRRACIONAL Y MÁS TONTO QUE UN BOCADO EN EL PREPUCIO
El hombre. La evolución natural más perfecta conocida. La creación terrenal de lo divino si es que existiera algo divino. Los sentimientos, la racionalidad, el lenguaje. Varias son las cosas que nos distinguen del resto de habitantes de este bonito planeta. Somos el máximo exponente de la inteligencia. Y, sin embargo, a la hora de la verdad más tontos que un bocado en el cimbrel. Es tan increíble la estupidez humana que está paralizada ante las eventualidades vitales de Belén Esteban, del fútbol, etc… . Y cuando Dios creó al hombre, descansó. Y ahí sigue descansando. Tardó seis días en crearnos. La realidad es que nosotros tardemos menos aún en crearlo a él. Somos tan estúpidos y dóciles que deseamos crear algo para dejar que nos domine. Dios es tan, tan, tan… ¡humano! A la vez, nos gusta dominar porque a su vez somos tremendamente imbéciles. Nos gusta la idea de dominar pero dejamos que los hechos nos acobarden. Porque además de tontos somos cobardes. Somos desconfiados y egoístas, y el egoísmo es más contagioso aún que la discriminación. Discriminamos lo diferente, lo sobresaliente, lo excelso, lo bueno, somos humanos. Machacamos lo raro, desbocamos nuestra agresividad contra lo que asoma. La discriminación es aún más contagiosa que nuestra cobardía. Nos gusta enfadarnos, despotricar, es nuestra válvula de escape pero mientras tenemos algo que nos domina y que nos enfrenta, tenemos algo. Somos de bandos.
Pero esto no acaba ahí. Estamos tan absolutamente apollardados en nosotros, en lo nuestro y en su defensa, que cuando de vez en cuando comprendemos lo otro, lo suyo, somos tremendamente generosos. El hombre es bueno por naturaleza, como diría Rousseau. Pero nos gusta machacar a la bondad de los demás. No somos más sociables porque hablemos más de nosotros y de nuestras trivialidades insustanciales. Somos sociables cuando rompemos el yo, nos asociamos y defendemos el nosotros. Somos exageradamente generosos con los hijos. No distinguimos el yo de nosotros. Al revés no siempre. Por lo tanto, existe en el hombre la contradicción y la circunstancia.
Cuando el pueblo estalla y despotrica contra los políticos con la cantinela del “no nos representan”, es la mayor de las estupideces que hay. ¿Cómo que no nos representan? ¿Acaso de nuestra imbecilidad podría surgir algo sobresaliente, algo excelso y bueno? ¿Alguien ha visto una flor en un vertedero? Y debe haberla, pero la basura la engulle, la asfixia en el mismo momento que reclama atención y distinción. Aspiramos a garrapiñar lo máximo que podemos y mirar por lo nuestro, y nos extraña que los representantes del pueblo hagan lo mismo. Somos aún más bobos que tontos. Y más espabilados que bobos. Somos, en fin, envidiosos del que más acapara. Pero cuando dejamos en manos de otros nuestro dominio, tenemos la esperanza de que su divino poder no sea utilizado en nuestra contra. Si es en contra de otros, bueno, algo habrá… Dios, los políticos,… Somos ingenuamente irracionales a conveniencia.
Robert Lucas desarrolló en teoría económica la idea de las expectativas racionales. Asumir expectativas racionales es asumir que las expectativas de los agentes económicos pueden ser individualmente erróneas, pero correctas en promedio. Nunca acabé de entender bien ese concepto cuando me lo explicaron en la carrera. Es como Dios. Es como la mano invisible de Adam Smith. Es supremo, lo justo y racional no puede ser alterado por la sucia mano del individuo. Es tan, tan, tan… ¡humano!
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